Extraterrestres en la Historia, Parte II.

Volviendo al Mahabharata, palabra sánscrito que significa “gran guerra”, se puede leer que Maia, una “deidad” hindú, construyó un gran habitáculo de metal, que fue trasladado al cielo. Cada una de las divinidades, como Indra, Yama, Varuna, Kuvera y Brama, disponía de uno de estos aparatos metálicos y voladores llamados Vimanas.

En otro pasaje del Mahabharata: "Bhima voló con su Vimana en un rayo enorme, brillante como el sol, e hizo un ruido como el trueno de una tormenta".

Algunos datos numéricos del Mahabharata son tan precisos que da la impresión de que el autor está escribiendo con conocimiento de primera mano.

Lleno de repulsión, describe el arma que podría matar a todos los guerreros que llevaran equipo de metal. Si los guerreros conocieran el efecto de esta arma a tiempo, deberían sacarse todo el equipamiento de metal que estuvieran usando, saltar al agua y lavarse y lavar todo lo que hubiera estado en contacto con ellos, profundamente, porque el arma hace caer el pelo y las uñas. Todo lo viviente, se lamenta, se vuelve pálido y débil.

Uno de los manuscritos más largos y completos, perteneciente a los manuscritos del Mar Muerto, habla de una guerra entre “Los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas”. Lo intrigante es que el manuscrito no sólo anticipa una guerra de humanos, sino que seres divinos se involucrarán en un enfrentamiento contra la oscuridad: “Los Hijos de la Luz lucharán contra los Hijos de las Tinieblas con una demostración de poderío divino, en medio de un estrepitoso tumulto, en medio de los gritos de dioses y hombres”.

En los archivos reales de la cultura hitita, se habla del dios Teshub “Divino Tormentador”, y de sus pretensiones por controlar las regiones superiores de la Tierra; se mencionan las batallas que el dios Kumarbi había lanzado contra él y contra sus descendientes. Al igual que el relato que ofrecen otras culturas del mundo, el vengador Kumarbi se apoya en otros “dioses” aliados para dar la batalla final. El hilo conductor está en que los hititas, aunque pronunciaban los nombres de sus deidades en su propia lengua, los escribían utilizando la escritura sumeria…

Para pensar un poco más, el término “Divino” que empleaban, “DIN.GIR”, es Sumerio, y significa: 

“Los Justos de las Naves Voladoras”.

Los Dogon viven en la República de Malí, en el antiguo Sudán francés y, disponen desde hace más de cinco mil años una información privilegiada en referencia a la estrella Sirio imposible de adquirir sin los modernos conocimientos astronómicos.

Los dogon adquirieron sus extraordinarios conocimientos gracias a las revelaciones de unos visitantes cósmicos que procedían del sistema solar conocido como "La estrella perro". ¿De qué otro modo podían saber que Sirio es un sistema triple, es decir, formado por tres estrellas cuando estos conocimientos no estarían en posesión del hombre moderno hasta 1995? cuando un equipo de astrónomos franceses descubrió, ese año, que la estrella más brillante del firmamento era un sistema estelar formado por tres estrellas y no por dos, como sostenía la astronomía desde mediados del siglo XIX.



Otros pueblos vecinos como los Bambara, los Bozo de Segu y los Miniaka de Kutiala comparten idénticos conocimientos sobre Sirio con los dogon. "Cada cincuenta años cumpliendo la órbita de Sirio B alrededor de Sirio A, estas tribus celebran las Fiestas Sigui, en honor a Sigui Tolo que es como conocen a Sirio A.

Elaboran complejas máscaras de madera para celebrar la entrada del nuevo ciclo, que después almacenan en un lugar sagrado desde, al menos, el siglo XV".

"Los dogon creen en un dios hacedor del Universo que mandó a nuestro planeta a un dios menor. Éste descendió a la Tierra y trajo semillas de plantas. Después de crear la Tierra, las plantas y los animales, este dios creó la primera pareja de humanos". Sorprendentemente esta leyenda encaja con otras de lugares bien dispares lo que hace pensar que todas partieron de un tronco común. En la literatura védica , en un relato que se encuentra en las estancias de Dzyan, hallamos de nuevo alusiones a estos "instructores" extraterrestres y a la "importación" de algunos frutos, en este caso el trigo: "Frutos y granos, desconocidos sobre la Tierra hasta entonces, fueron traídos desde otras lokas (esferas o planetas) por los Señores de la Sabiduría".



Uno de los relatos más curiosos es, sin embargo, el del etnólogo británico Karyl Robin-Evans, quien en un informe publicado en el Journal of Comparative Ethnology dio a conocer una singular tribu del Tibet. Se trata del pueblo de los Dzopa que declaraban con vehemencia que habían venido de las estrellas y que esperaban que sus hermanos del cielo vinieran a buscarles. Los Dzopa custodiaban una serie de extraños objetos en forma de disco y sabían muchas artes extrañas. Comerciaban con sus habilidades médicas y con metales a cambio de comida y lecciones de agricultura.

Robin-Evans menciona una celebración, conocida como el Festival de las Cabezas, que conmemora la supuesta llegada del pueblo desde lo alto del firmamento. En el desarrollo de la ceremonia los Dzopa hacen volar cometas en las que han escrito frases como: "Venid a nosotros" o "Volved a nuestros hermanos perdidos".

También los conquistadores españoles hallaron numerosas referencias a seres superiores venidos de los cielos. Fernando Pizarro, que salió de Panamá y llegó a Coaqui, perú, en 1531, consiguió su primera y efímera victoria gracias a la piel blanca de sus hombres, sus caballos y el retumbar de los cañones. Al parecer los indígenas les confundieron con los "dioses blancos" cuya presencia coincidía con "ruidos estruendosos y desmedidos". También el cronista Hernán Cortés escribe: "Poco tiempo antes que viniésemos a la Nueva España vieron una señal en el cielo, que era como verde y colorado y redonda como una rueda de carreta y que junto a la señal venía otra raya y camino hacia donde sale el Sol y se venía a juntar con la raya colorada".

En el estado de Chiapas, México, en el campo de ruinas mayas de Palenque dominada por una gran pirámide se levanta el llamado Templo de las Inscripciones. Fue allí, en 1945, donde el arqueólogo Alberto Ruiz Lhuillier descubrió un extraño relieve que representa un objeto cónico con un tubo de escape encendido. Un sacerdote estirado mira hacia arriba y sostiene palancas en sus manos. Los jeroglíficos mayas que figuran en el marco del dibujo del sarcófago han sido interpretados como el Sol, la Luna y la Estrella Polar, confirmando así la interpretación cósmica del relieve.


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